Por Germán Vargas
Se ha presentado a sí mismo como el salvador, como el único capaz de arreglar las cosas en su país y en el mundo, y como el hombre que Dios mismo ha elegido para impulsar una era dorada que, con su asunción al poder, ha comenzado.
El nuevo orden que ha ofrecido permitirá a los estadounidenses “recuperar la esperanza, la prosperidad, la seguridad y la paz para los ciudadanos de todas las razas, religiones, colores y credos”, y dice que el 20 de enero de 2025, día que inauguró su segundo periodo como presidente de los Estados Unidos, será considerado “el día de la Liberación”.
Es, sin duda, un tipo poderoso y presumido cuyo mesianismo se sustenta en un Partido Republicano que logró domesticar, y que abdicó a sus principios para someterse a los prejuicios ideológicos e intereses políticos y financieros del magnate. Un individuo que, tras ganar abrumadoramente las elecciones de noviembre pasado, ha sido empoderado al punto que cree tener licencia para hacer lo que quiera.
En sus primeras 24 horas como presidente ha firmado cerca de 50 decretos, uno de los cuales deroga 78 órdenes ejecutivas de su antecesor, Joe Biden, a quien le atribuye la responsabilidad principal de la desprotección de los ciudadanos estadounidenses, el derroche en la defensa de las fronteras extranjeras y no las propias, un sistema de salud oneroso e inútil en tiempos de desastre, y un sistema educativo “que enseña a nuestros hijos a avergonzarse de sí mismos, en muchos casos a odiar a nuestro país a pesar del amor que intentamos tan desesperadamente brindarles”, entre otros males producto de “un establishment radical y corrupto”, y un gobierno que no fue capaz de manejar ni siquiera una simple crisis en el país.
Apela a una retórica victimista “no permitiremos que se aprovechen de nosotros nunca más”, “hemos sido tratados muy mal con este regalo tonto -refiriéndose al Canal de Panamá- que nunca debió haberse hecho”, “nuestra nación ha sufrido mucho, pero vamos a recuperarla”, y otras expresiones como justificación para medidas que reviertan las “horribles traiciones” que han sufrido y “devuelvan al pueblo su fe, su riqueza, su democracia y, de hecho, su libertad”.
La decadencia de Estados Unidos ha terminado, dice el hombre que avaló el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, incursión que provocó la muerte de cinco personas y dejó heridas a varias otras, por su renuencia a aceptar su derrota en las elecciones de 2020. Ha indultado a cerca de 1.500 de esos atacantes, y parece que esa es su forma de iniciar la restauración completa de Estados Unidos.
Nadie parece dudar que con Donald Trump empieza una nueva etapa para los Estados Unidos, lo que está en duda es si su administración resolverá todos los problemas y resultará en seguridad, justicia y armonía para su pueblo. Yo creo que no, y que el “perforar, perforar, perforar” que ha adoptado como lema de su política energética, suprimiendo regulaciones medioambientales que denomina “políticas de extremismo climático de Biden”, se extenderá hasta perforar, horadar, desvirtuar, la democracia.
Trump quiere ser reconocido como constructor de la paz y unificador, y amenaza arrebatar territorios a otros países sin más razón que los intereses del suyo y tener el poder militar para hacerlo. Dice que todo es cuestión de sentido común, y lo que hace es confundirlo con interpretaciones insensatas y prejuicios. Promete que no se olvidará de Dios, y demoniza, denigra, ataca a todo aquél que se le oponga. Invoca a luchar unidos para hacer realidad el sueño de Martin Luther King, y reitera su xenofobia señalando que la mayoría de inmigrantes proceden de cárceles y manicomios, y firmando una orden ejecutiva para negar la ciudadanía a los hijos de inmigrantes indocumentados nacidos en territorio estadounidense. El mesianismo implica muchos riesgos, y un tipo megalómano, narcisista y autoritario como Trump es un peligro mayor que pondrá a prueba la resiliencia de la democracia estadounidense. Me parece que estamos frente un mesías farsante y, nuevamente, conviene estar alerta y denunciarlo.
Deja una respuesta